La música acompaña a la humanidad desde hace siglos. Nos alegra, nos entristece, nos inspira y, en ocasiones, nos provoca algo tan intenso como los escalofríos. Esa sensación en la piel, como un cosquilleo que recorre el cuerpo, es mucho más que un simple reflejo físico: es el resultado de un proceso cerebral y emocional profundamente conectado con nuestra forma de sentir y recordar.
La ciencia detrás de los “frissons”
En neurociencia, a esos escalofríos musicales se les conoce como frissons. Investigaciones han demostrado que, cuando escuchamos una canción que nos toca el alma, se activan varias áreas del cerebro: la corteza auditiva, el sistema de recompensa y los centros emocionales.
El protagonista de esta experiencia es la dopamina, un neurotransmisor que también está asociado con el placer de comer, enamorarse o alcanzar una meta. La música que nos emociona provoca una liberación repentina de dopamina, lo que desencadena reacciones físicas: vasos sanguíneos que se dilatan, aumento del ritmo cardíaco y, por supuesto, esos escalofríos inconfundibles.
¿Qué hace que una canción provoque escalofríos?
No todas las melodías lo logran. Hay ciertos factores que aumentan las probabilidades de sentirlos:
- Recuerdos personales: Una canción vinculada a un momento importante de nuestra vida puede multiplicar la intensidad de la emoción.
- Sorpresa musical: Cambios inesperados en el ritmo, giros en la armonía o un crescendo inesperado generan expectativa y liberan aún más dopamina.
- Complejidad sonora: Obras con estructuras ricas y patrones novedosos mantienen al cerebro activo y predispuesto a reaccionar.
- Personalidad y gustos: La sensibilidad musical varía de persona a persona; lo que emociona a uno puede pasar desapercibido para otro.
Música, emociones y bienestar
Más allá de los escalofríos, la música tiene un poder directo sobre nuestras emociones. Puede levantar el ánimo, reducir el estrés e incluso cambiar la forma en que percibimos nuestro entorno. En contextos terapéuticos, se usa como herramienta para mejorar la calidad de vida, la memoria y el bienestar emocional.
Cuando la música logra erizar la piel, nos está recordando su capacidad única de conectarnos con lo más profundo de nosotros mismos. Es un lenguaje universal que atraviesa culturas y tiempos, y que, en un instante, puede llevarnos a un recuerdo, una emoción o una conexión con algo más grande que nosotros.